Hace años tuve un director creativo (cuando trabajaba como redactor) que era un amante del orden. Bueno, más bien un obsesivo del orden… o un maníaco.

Describirlo como maníaco es una elegante forma de decirlo.

Para explicarme… en una escala Marie Kondo del 0 al 10, mi ex-jefe podría tener una puntuación de… ¿900? No se si me entendéis, era como una Marie Kondo de bilbao… era el Chuck Norris de los Marie Kondo. Su despacho era un templo del orden, por tener, tenía ordenadas hasta las colillas del cenicero (sí, amigas y amigos, en aquel siglo aquella época se podía fumar -y se fumaba mucho- en los despachos), unas colillas que, por cierto, tenían todas ellas la misma longitud, exáctamente la misma.

Recuerdo que una vez, mientras me gritaba (sí, también nos gritaba y nos tiraba cosas, si yo os contase…) por no recuerdo qué razón, noté como se le iba la mirada a un punto indeterminado que se encontraba detrás de mi cabeza. Yo, como era habitual en esas situaciones, lo miraba con ojos de cervatillo cegado por los faros de un camión a punto de ser arrollado, pero sus gritos en esa ocasión, iban perdiendo fuerza de forma intermitente y casi imperceptible, a causa de aquello que le distraía y que se encontraba justo detrás de mí. Y es que, yo aun no lo sabía, pero detrás de mí había algo muchísimo más importante que el tema que nos ocupaba. Tan importante que la voz de mi jefe fue apagándose hasta que al final, ya completamente desconcentrado, dejó de gritarme y se encargó del asunto. Se levantó de su sillón y, en silencio, con la vista fijada ya sin intermitencias en ese punto, avanzó hacia mí, me pasó de largo y llegó a la estantería. Lo que ocurría era que el tomo del año 1999 del New York Festival estaba colocado entre el del 1996 y el 1997.

Un año duré allí. Una marca que se tardó en batir.

Pero no todo fue malo. Aprendí mucho. Intento hacerlo de todas las personas y de todas las situaciones. Y ciertamente, las teorías sobre la disciplina y el orden de mi jefe eran dignas de ser escuchadas. Una vez me explicó que las enseñanzas del servicio militar obligatorio (la llamada “mili”) eran valiosísimas y que era una lástima que los jóvenes perdiesen esas enseñanzas al no ser ya obligatoria (yo hubiese cambiado dos meses de trabajar para él por dos años de mili). Cuando me dijo eso lo miré como si fuese un marciano (nada, por otra parte fuera de lo normal en nuestra relación) y él me explicó que había cosas que había aprendido en la mili que le habían servido mucho en su carrera como creativo publicitario.

“Una de las cosas que te enseñan en el ejército es a mantener la mente clara y completamente libre para poder pensar únicamente en lo importante. Verás, los automatismos son tremendamente útiles y, en contra de lo que la mayoría de la gente cree, nos permiten pensar. Te explico, si tú no gastas tu energía mental en pensar cómo se carga el fusil, en dónde tienes cada una de las cosas en cada bolsillo, en ajustarte las correas de la mochila, e incluso en cómo caminar y hacia qué lado mirar, tu mente estará completamente libre, atenta y fuerte para poder ser usada en lo que realmente importa, es decir, en tomar decisiones rápidas y difíciles… para eso sirve automatizar las acciones. Llevando el ejemplo a nuestra vida diaria y mundana. Si yo cada vez que un semáforo está rojo me paro, simplemente me paro y no miro si pasan o no coches, simple y llanamente me paro, eso me va a permitir no tener que tomar una decisión cada cinco minutos, cosa agotadora para mi cerebro, que debe estar pensando constantemente en cosas más importantes”

Tenía sentido. Me llamó mucho la atención ese discurso y décadas tiempo después, cuando estudié para coach, aprendí sobre eso (esta vez sin gritos ni objetos voladores).

 
Si algo no te gusta… conviértelo en un hábito

Un hábito es una manera de actuar de forma instintiva conducida por la repetición de actos iguales. El cerebro, a base de repeticiones de una misma acción, la convierte en automática.

Muchas veces me encuentro con clientes que no quieren hacer algo porque les resulta pesado o aburrido, pero es algo necesario (a veces imprescindible) para su trabajo. Es el momento, en primer lugar, de verbalizar y visualizar la necesidad real de realizar esa acción (primero debemos estar convencidos de una forma profunda de esa necesidad), y, en segundo lugar, crear un hábito para lograr que esta acción se haga de forma automática (instintiva) a partir de entonces. Es una forma práctica y efectiva de hacer las cosas -necesarias- que no nos gustan, porque los hábitos existen para ahorrar esfuerzo y energía.

Crear un hábito es pesado, pero a la vez relativamente sencillo.  Para crear un hábito de forma eficaz primero tenemos que crear un entorno y unas condiciones iguales: de esta forma le damos al cerebro una señal de que la acción comienza (por ejemplo: antes de realizar la acción de ponerme a escribir, apago el móvil, salgo a la terraza y pongo música clásica). Después debemos establecer y repetir una rutina (por ejemplo, de lunes a viernes, de 19:00 a 20:00 corro 20 minutos y hago 4 sesiones de 25 abdominales y 4 sesiones de 25 flexiones). Finalmente, y sobre todo en el periodo de creación de la rutina, es recomendable una pequeña recompensa, para estimular a nuestro cerebro (por ejemplo, después de hacer los deberes de matemáticas de la tarde, puedes leer tus cómics de Spider-Man antes de cenar). Con el paso del tiempo, al crearse el hábito, podremos prescindir de las recompensas e incluso realizar la acción en entornos poco amables o favorables.

El control exhaustivo y minucioso por parte del coach y del propio cliente y la repetición constante son las claves. Y el tiempo que ocupa convertir algo en un hábito dependerá de muchísimos factores (lo de los 21 días es muy discutible).

 
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