Como ya os expliqué en las anteriores entregas de esta serie de 4 posts sobre hablar en público:

Si cumplimos estas dos premisas, tenemos asegurada una exposición aceptable, con la que vamos a cumplir nuestros objetivos y las expectativas de nuestro público.

Pero ¿nos basta con eso?

Yo diría que sí… para salir del paso.

Cuando hacía BUP (para los que no sepáis lo que es un Frigurón, deciros que BUP es el equivalente ochentero de 3º y 4º de la ESO y 1º Bachillerato), recuerdo que teníamos un compañero, Riverola, que siempre, siempre, hacía la misma consulta el primer día de clase a todos y cada uno de los profesores. Los maestros ese día se presentaban a los alumnos y exponían con ilusión (recordemos que hablo del primer día) lo que iba a ser su asignatura a jóvenes hambrientos de conocimiento y saber. La pregunta de Riverola suponía, por un lado, un cruel baño de realidad para los profesores (puede que necesario pero quizá no para recibirlo el primer día de clase), y, por otro, un cachondeo generalizado para todos compañeros que, a partir del segundo año, esperábamos la pregunta con impaciencia:

“¿Se aprueba con 4,5?”

La pregunta, como veis, (no) esconde una declaración de intenciones bastante desmotivadora, pero a la vez refleja a una parte (muy) representativa de la comunidad estudiantil (bueno, y también de la laboral y de la sociedad en su totalidad).

Bien, Riverola, si por un casual estás leyendo este post, te diré que lo que voy a explicar no te interesa. El que quiera cumplir el expediente simplemente a la hora de presentar en público, le basta con mis dos posts anteriores (bueno, y diría que inclusole sobraría un punto y medio 😉)

 
Disfrutar de la exposición

Pero ¿qué ocurre si queremos, además, pasarlo bien mientras trabajamos y queremos también que nuestro público disfrute?
Entonces debemos hacer de la exposición una experiencia que debe cubrir no sólo el objetivo de exponer si no también el de divertir, empatizar e implicar.

 
Divertir
  • Usar el humor. Evidentemente el uso del humor para divertir es el recurso estrella. Ahora bien, hemos de usarlo si es algo que cuadra con nuestra forma de ser. Está claro que, por ejemplo, si yo utilizo el humor cuando escribo mis posts, ello forma parte de mi forma de comunicarme: estará, por lo tanto, acorde con mi discurso y con mi personalidad y, en consecuencia, no solo divertirá a mi audiencia, si no que contribuirá a construir mi marca personal y a aumentar mi credibilidad.
  • No ser rígido con uno mismo. De acuerdo, has estado preparando una presentación y un súper documento durante semanas, calculando el tiempo, las pausas, los ejemplos, incluso las bromas. Pero si el momento y el público lo requieren, no tengas ningún reparo en saltarte u obviar partes de tu charla. El documento no es el código de circulación (y, en cualquier caso, no hay ningún urbano a la vista) y hay momentos que piden a gritos (o, peor aún, a ronquidos) que te saltes alguna cosilla.
  • Combinar teoría con ejemplos, ejercicios, preguntas y anécdotas. Lo hablamos sobradamente en el primer post sobre “hablar en público”, pero no está de más recordarlo hoy.
Empatizar
  • Poner ejemplos personales es una manera excelente de hacer que el público se identifique con nosotros. Y cuando el público se identifica con uno, su atención se multiplica, ya que se visualiza en nuestro lugar. Cuando yo hoy (en este post) os hablo de Riverola, de BUP y del Frigurón, lo hago porque me consta que los que me leéis sois +- cuarentones en su mayoría y, por lo tanto, evocar esos elementos hace que os identifiqueis con lo que estoy explicando, haciendo que os intereséis un poco más por la lectura del artículo. En una exposición oral pasa exactamente lo mismo.
  • No desentonar con la audiencia. Como expliqué en el post anterior, lo no verbal tiene, en el acto de hablar en público, un peso mucho mayor que lo que estamos explicando. Por eso, para empatizar, es fundamental conocer a nuestra audiencia e intentar compartir con ellos, no ya vivencias (que también) sino formas de vestir o de hablar. Pero cuidado, debemos movernos en el terreno de la naturalidad. Conocí un chaval allá por COU (de nuevo implicándoos con lo mismo –nota mental: no uses hoy más este recurso-) que, yendo en autocar a las fiestas del Pilar desde Barcelona, al llegar a la altura de los Monegros, cambiaba de acento automáticamente. De forma mágica pasaba de hablar como Buenafuente a ser un clon de Marianico el Corto (no, no, a los menores de treinta que estéis leyendo esto, os diré que no estoy hablando de política ;)). Aquella “mágica” transformación nos resultaba muy cómica a todos: la mimetización era tan exagerada y poco natural que parecía falsa y con ella mi amigo lograba el resultado contrario al esperado. Por tanto, intentar acercarnos en las formas a nuestra audiencia, sí (vestir o hablar informalmente o formalmente, por ejemplo) pero dentro siempre de los márgenes de nuestro estilo.
Implicar

Para implicar al público debemos intentar que éste tome la exposición como algo propio, suyo, y no solamente nuestro. Y para ello debemos trabajar en realizar una comunicación bidireccional:

  • Hacer participar a la audiencia
    • Hacerles preguntas constantemente (con las que lograremos, además de implicarlos, mantenerlos alerta y despiertos) e incluso (si la exposición es larga, como un curso o un taller, y siempre que se pueda) hacer ejercicios prácticos.
    • Hacer que los que más saben nos ayuden (eso, además, les alagará y nos brindará un aliado).
  • Mirar al público. Mirarlos a los ojos, que tengan la impresión de que nos dirigimos a ellos individualmente. Prohibido mirar al techo, las paredes o el suelo. Y cuidado con mirar demasiado el documento (dando, además la espalda). Debemos mirar de forma alternada a los ojos de nuestro público, recorriendo la sala, debemos hacerles sentir que son los únicos destinatarios de nuestro discurso, que son importantes. Y cuando alguien formule una pregunta, contestársela, pero mirando también a los demás.
Preparar lo que no se puede preparar

Además de todo lo dicho, debemos tener en cuenta que una exposición pública es algo vivo. Por lo tanto, hay cosas que se escapan a nuestra planificación. Aun así, podemos prepararnos para posibles contingencias que puedan surgir.

Como ya vimos en el primer post de esta serie, los mayores problemas que pueden venir de nuestro interior, como quedarnos en blanco, suelen solucionarse al preparar concienzudamente la presentación. Pero hay incidentes, tales como un ataque de estornudos,  que se averíe el proyector o que deje de funcionar Internet, que van a requerir cierta improvisación.

Hay ocasiones que nos podemos encontrar, por causas ajenas a nuestra preparación, con que vamos a terminar antes de tiempo: si, por ejemplo, dependemos de Internet porque vamos a proyectar algún vídeo de YouTube y la red ha caído, nos vamos a encontrar con que hay un tiempo (el que dura el o los vídeos) con el que contábamos y que ahora es un tiempo en blanco. Y dependiendo de lo que durase el vídeo, esto puede suponer un gran problema. Lo mejor para prevenir estos casos es llevar en la recámara ejercicios prácticos preparados: de esta forma podemos usar bastante tiempo sin tener que aumentar nuestro tiempo de exposición. Ante otros problemas, como por ejemplo, un ataque de estornudos, lo mejor es actuar con naturalidad y humor. Mirando el lado positivo, hay que pensar que algo tan humano como esto puede ayudarnos a que aumente la empatía del público con nosotros.

Lidiar con el público

Y aunque no normal es que nuestra audiencia esté de nuestro lado (recuerda, el público no es nuestro enemigo), podemos encontrarnos en alguna ocasión con asistentes que no nos lo ponen muy fácil (y no tanto por mala fe, sino por la propia personalidad de la persona en cuestión).

Para tratar con las diferentes personalidades que podríamos encontrarnos, lo ideal es tener flexibilidad pero no perder nunca el control del tiempo y del discurso.

Un gracioso, por ejemplo, puede ayudarnos a mantener un ambiente distendido, pero si le dejamos rienda suelta, puede acaparar el protagonismo de la charla y distraer de lo que queremos explicar. En ocasiones nos encontramos con personas que necesitan demostrar que saben más que los demás: también estas personas pueden ayudarnos ya que muchas veces sus aportaciones son valiosas. Por eso es mejor conducirlos que acallarlos, pero siempre manteniendo firme nuestro rol de director del discurso: las interrupciones son buenas en su justa medida: ayudan a mantener viva la presentación pero en exceso acaban distrayendo.

Y por último, tenemos a Riverola, que con tan solo una pregunta puede sabotear un buen discurso. Para esto no hay preparación posible, solamente intentar tener la mente clara para poder improvisar una respuesta como la que le dio el Sr. Martín en 2º de BUP: “Sí, apruebo con 4,5 pero solo a aquellos que me hacen preguntas inteligentes. Así que ya te puedes esforzar más a partir de hoy”.

Hablar en público parte 1

Hablar en público parte 1: el ataque de pánico -> El otro día leí no recuerdo dónde (que me disculpe el/la autor(a)) esta frase tan genial: “Tengo muy mala memoria, me acuerdo de todo”. Bueno, exactamente no es mi caso, ya que no tengo una memoria de elefante, pero sí que hay un buen puñado de cosas que me encantaría haber olvidado. -> lee el post

Hablar en público parte 2

Hablar en público parte 2: el lenguaje verbal, no verbal y paraverbal -> Este es el segundo artículo (de una serie de cuatro) sobre hablar en público. En el post pasado os expliqué la terrible experiencia que viví con mi primera clase como formador -> lee el post