Este es el segundo artículo (de una serie de cuatro) sobre hablar en público. En el post pasado os expliqué la terrible experiencia que viví con mi primera clase como formador (si te lo perdiste, puedes leerlo aquí). En aquella ocasión no llegué ni siquiera a hablar: me dio un ataque de pánico a causa de no haber realizado el trabajo más básico: preparar mi presentación. La tarea de preparación previa  a una exposición en público es tan importante como la propia exposición. De ese trabajo previo hablé en el post pasado. Hablaré hoy (y en el próximo artículo) de lo que ocurre durante la exposición en público.

Seguridad en uno mismo

Después de aquella traumática experiencia tardé un tiempo en lanzarme a una exposición ante varias personas. De hecho, no busqué clientes que necesitasen formación y, ni mucho menos, me planteé ejercer como “profesor” o “formador”, hasta un día que me llamaron por teléfono.

Era la cuñada de un amigo, trabajaba en un centro de formación y necesitaba un profesor para impartir un curso de 18 horas de Redes Sociales para principiantes… un trabajo perfectamente adecuado a mis capacidades y experiencia, con un buen horario y bien pagado. Ah, y el centro estaba a 10 minutos de mi casa andando. Así que decir que no no era una opción.

Y, aunque me tuve que tomar un Almax inmediatamente después de colgar, evidentemente acepté el trabajo.

Lo más  importante que había aprendido de la vez anterior era que necesitaba confianza en mí mismo para poder enfrentarme a un grupo de personas como formador y eso pasaba por preparar la presentación. Las semanas anteriores a la clase, mi obsesión fue, pues, aprenderme de memoria todas y cada una de las frases de mi power point. ¿Recordáis el Power Point del post pasado? para el que no lo leyó, se trataba de un Power Point con muchísima información, larguísimo y sin casi vídeos… un auténtico tostón, vamos. Bien, pues de eso también aprendí, ya que lo reduje a la mitad, intercalando ejemplos reales y casos prácticos entre teoría y teoría.

Y así, con la presentación bien aprendida (de memoria, diría) y con un documento más ligero y entretenido superé el miedo y cogí la confianza en mí mismo que necesitaba para el segundo round como formador. Ahora nada podría salir mal.

Pero todo fue mal

El curso duraba cinco días y el horario era de 18:00 a 21:30. Mi alumnado estaba formado por profesionales que terminaban su jornada laboral y, rápidamente, entraban en mi formación para salir, tres horas y media después, e irse a cenar a casa.

La primera hora y media del primer día fue bien. Las restantes 16 horas y media fueron mal.

Literalmente, a partir de las 19:30 se dormían en las sillas.

Había salido al ruedo con total seguridad en mi mismo. Todo lo que había hecho mal la vez anterior ahora estaba corregido: llevaba muy bien preparado todo y el documento era mucho más corto. Todo lo que tenía que decir estaba bien. ¿Qué ocurría? sencillamente, que había puesto todo mi foco en lo que tenía que decir, y no en cómo tenía que decirlo.

Lo no verbal y lo paraverbal

Por aquel entonces no lo sabía, pero en una exposición, el peso se lo lleva la parte no verbal. Me preparé a conciencia la parte verbal (es decir, el contenido, las palabras, lo que tenía que decir) y ésta apenas pesa un 7%.

 

El peso se reparte de esta manera:

 

Lenguaje verbal  (las palabras, el texto, el contenido) 7%

Lenguaje paraverbal (el volumen de la voz, las pausas, el tono utilizado) 38%

Lenguaje no verbal (la postura, los gestos, los movimientos) 55%

Si no me creéis, os voy a dejar aquí a un amigo para que os convenza de ello

Aunque no entendamos “alemán” está claro cuál es el mensaje de este personaje ¿verdad? todo lo que nos transmite va más allá de las palabras. De hecho las palabras pasan a un segundo término nivel de anécdota.
Bien, pues lo que yo transmití aquel día fue, más o menos, lo mismo que transmite una zanahoria

Mi lenguaje no verbal y la participación de los alumnos

Estar ocho horas trabajando para escuchar durante tres horas a un tipo que habla como el cura que te hizo la primera comunión y que, para colmo, se mueve menos que el codo de un Playmovil es, como he dicho ya, una auténtica tortura. Pero si por lo menos te “mueven” haciéndote preguntas, empujándote a hablar o a interaccionar para involucrarte en la clase, puede ser que puedas mantener el interés.

Pero no hice participar a penas a mis rehenes.

Pedir su opinión para comprobar que han entendido lo que he dicho, pero también para mantenerlos alerta (o despiertos) es un excelente recurso (que no usé).

También pude haber convertido la exposición en una conversación o en un diálogo bidireccional (mis alumnos y yo) o multidireccional (mis alumnos y yo y también entre ellos), hubiese sido una buena forma de involucrar a la audiencia.

El cómo

Poner el foco en el “qué” (el texto, el documento, sus gráficos y ejemplos…) y no atender el “cómo” (la forma de explicarlo, prestando atención en las necesidades de mi público), fue mi error aquel día. Ahora sé que en una exposición, mirar a los ojos tiene tanto peso o más que el gráfico más atractivo o la teoría más interesante.

Aquel día volví a aprender unas cuantas cosas, que interioricé y, aunque aún me quedaban (y quedan) muchas cosas que aprender y dominar, asimilando las lecciones de mi primera y mi segunda vez, estaba ya en el camino. En el próximo post os explicaré una formación que, por fin, me fue bien. Puse en práctica todo lo aprendido en estos dos fails y unas cuantas cosas más que os contaré.

Igual que en el anterior post, para terminar, voy a recapitular esta vez lo que aprendí en aquella segunda formación:

  • La tarea de preparación previa  a una exposición en público es tan importante como la propia exposición y te da seguridad en ti mismo.
  • En una exposición, el peso se lo lleva la parte no verbal. El lenguaje verbal (el contenido), un 7%; el lenguaje paraverbal (la voz, el tono…) un 38%; y el lenguaje no verbal (gestos, movimientos…) un 55%
  • Hay que explicar el contenido como si estuviésemos contando una historia: leer el discurso o recitarlo no ayuda a mantener el interés.
  • Es importante “mover” al público, haciéndole preguntas, empujándolo a hablar o a interaccionar para, de esta forma, involucrarle.
  • Pedir feedback para comprobar que han entendido y también para mantenerlos alerta.
  • Otra buena forma de involucrar a la audiencia es convertir la exposición en una conversación o en un diálogo bidireccional o multidireccional.

 

Hablar en público parte 1

Hablar en público parte 1: el ataque de pánico -> El otro día leí no recuerdo dónde (que me disculpe el/la autor(a)) esta frase tan genial: “Tengo muy mala memoria, me acuerdo de todo”. Bueno, exactamente no es mi caso, ya que no tengo una memoria de elefante, pero sí que hay un buen puñado de cosas que me encantaría haber olvidado. -> lee el post