La siguiente entrevista la realicé el año pasado para la Revista Pedro Jaen. La reproduzco a continuación con el permiso de la editorial.

“El enemigo natural del amor es el miedo”

El amor y la felicidad desde una óptica científica y rigurosa.
El doctor Mario Alonso Puig lleva ya más de 20 años dedicado a hablarnos de lo importante que es, no ya querer a nuestros semejantes, sino simplemente que nos queramos a nosotros mismos. Algo, en apariencia tan sencillo y natural, pero que nos empeñamos en complicar, saboteando nuestro propio bienestar.
Por Nacho Herrero

La agenda de Mario Alonso Puig (Madrid, 1955) está repleta de viajes, conferencias, entrevistas, charlas… pero cuando te dedica su tiempo lo hace como si no existiesen en el mundo más personas que tú y él. La propia entrevista que le realizamos es ya, por sí misma, una lección de cómo gestionar el tiempo, apasionarse por el trabajo y tratar a los demás.
Mario Alonso Puig habla con auténtica pasión y es inevitable acabar una charla con él con la sensación de haber salido ganando, de haber aprendido una o varias lecciones. De haber ganado el tiempo que has pasado con él.
A sus 62 años, y con más de 20 años como conferenciante a sus espaldas, continúa aprendiendo y, lo que es más importante, enseñándonos lo que aprende. Su último libro: “Tómate un respiro: mindfulness, el arte de mantener la calma en medio de la tempestad”, habla de prestar atención a las cosas tal y como son, y nos hace darnos cuenta de hasta qué punto nuestras proyecciones mentales alteran nuestra percepción de la realidad.

¿Cómo termina un cirujano especializado en medicina digestiva convirtiéndose en un experto en liderazgo, conferenciante de prestigio internacional y escritor de best sellers?
Mi camino es un camino en varias etapas. La primera etapa fue cuando, con 17 años, en el verano justo antes de entrar en la carrera de medicina, leo un libro de historia de la medicina. En él se habla de que los médicos griegos (de la escuela de Hipócrates, hace 2.500 años) habían descubierto que la comunicación con los enfermos tenía un impacto directo en la salud. Aquello me impactó muchísimo, porque en aquel momento no existía en nuestro panorama científico ninguna conexión entre lo que era la mente y el cuerpo: seguíamos el paradigma de Descartes con su res cogitans (procesos mentales) y su res extensa (procesos físicos), prácticamente incomunicadas.
Somos hijos de Descartes a nivel de pensamiento. Empecé a indagar en ello y localicé algunos artículos (sobre todo en revistas norteamericanas) en los cuales hablaban de un comienzo de investigación en la relación entre la mente y el cuerpo. Fui tirando del hilo a lo largo de muchos años, empecé a leer publicaciones, empecé a observar, y empecé a valorar mucho la comunicación con los enfermos y el impacto que ello tenía. Vi cómo mejoraban en ciertas cosas dependiendo de su actitud mental y también cómo el médico podía influir en la relación que el enfermo establecía con la enfermedad. Seguí formándome en eso como una carrera paralela a la tradicional.

Y empezaron las conferencias
Hace 21 años empecé a dar conferencias en distintas instituciones porque mis propios enfermos (a mí nunca se me habría ocurrido) me sugirieron que eso que compartía con ellos, y que les estaba cambiando la vida, podía extenderlo más allá del hospital. Empecé a llevarlo a empresas y aquello fue creciendo cada vez más. Hace 14 años vi que no podía seguir el ritmo que me exigía la cirugía con la demanda de conferencias en distintos lugares del mundo. Además de la necesidad que yo tenía de seguir profundizando en este campo. Necesitaba liberar tiempo y tomé esta decisión radical: me reinventé profesionalmente, dejé la cirugía y me dediqué, ya en exclusiva, a profundizar en este campo, a compartir mis experiencias y a escribir.

Nos falta tiempo, es un tema que ha tratado en su último libro, y esto es malo para nuestro desarrollo. ¿Realmente es posible encontrar tiempo para nosotros mismos?
Creo que hay dos cosas que debemos distinguir. Lo primero es que hay un tiempo cronológico, que lo marca el reloj. Todos tenemos un acuerdo global sobre lo que es una hora, lo que es un minuto y lo que es un segundo y eso, mientras no cambie el acuerdo, es invariable. Pero hay otro tipo de tiempo: el tiempo como experiencia interior. Todos sabemos que hay momentos donde el tiempo transcurre de una manera radicalmente distinta. Un ejemplo puede ser cuando uno se va siete días a un país en el que jamás ha estado y cuando vuelve le da la sensación de haber estado un mes; mientras que, cuando se va uno de vacaciones al mismo sitio de siempre, un mes parece que ha sido una semana. Esto se debe a que el cerebro, que ha de procesar mucha información nueva, nos hace vivir el tiempo de una manera distinta. Aquí nos encontramos con una experiencia en la que el tiempo es cualitativo (no cuantitativo). Esta es una de las dimensiones que yo analizaría. Y la segunda es que yo creo que aunque tuviéramos todo el tiempo del mundo, tendríamos la sensación de que éste nos falta.

Los tiempos están cambiando…
A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX una persona de 40 años se consideraba una persona anciana. Me comentó un amigo mío que se había encontrado un periódico en casa de su bisabuelo, y abriéndolo en la sección de sucesos, había leído “un tranvía atropella y mata a un anciano de 42 años”. Y hoy en día, con una expectativa de vida de cerca de 80 años, nos parece que nos falta tiempo. Lo que no tenemos muy claro son las prioridades: decir sí a unas cosas y a otras no. Aquí es donde nos ponemos un montón de trabas mentales: queremos hacerlo todo y, evidentemente, no tenemos tiempo para ello.
Esto nos genera un estado de ansiedad que baja nuestra capacidad de ser eficientes, de tomar buenas decisiones. En el momento en el que definimos muy claramente las prioridades, nuestra percepción del tiempo es radicalmente distinta.
Podemos tener la sensación de que nuestra vida es intensa (yo tengo esa sensación), pero no tengo la sensación de que mi vida esté llena de angustia.

Supongo que tiene mucho que ver con estar en un mundo tan hiperconectado. No tenemos ese silencio que se necesita para priorizar. Porque confundimos el sonido con el ruido.
El silencio es algo que se entiende perfectamente si a uno le gusta la música. He hablado con grandes compositores sobre las diferencias fundamentales entre los grandes pianistas y los pianistas excepcionales: una de las diferencias radica en cómo manejan el silencio, el espacio entre las notas. Nuestra sociedad no es la sociedad del sonido, es la sociedad del ruido. Estamos constantemente distraídos y nos da la sensación de que encontrar esos espacios de silencio es perder el tiempo. La neurociencia contemplativa nos ha descubierto que el silencio es esencial, tanto para estar sano mentalmente, como para estar equilibrado fisiológicamente y para tener una relación con los demás mucho más constructiva y enriquecedora. El silencio nos ayuda a ver las cosas difíciles desde una perspectiva un poco más amplia.

Por eso prácticas como el Mindfulness se están extendiendo a tal velocidad
Y no porque sean modernas, porque de hecho tienen al menos 2500 años de antigüedad, sino porque la ciencia hoy en día ha validado que encontrar estos espacios de silencio en medio de lo que se suele llamar el mundanal ruido tiene un impacto enorme a la hora de tomar mejores decisiones, de aprender más deprisa, de estar más centrado en lo relevante y, además, tiene un impacto sobre el funcionamiento del cuerpo.

¿También sobre el cuerpo?
Sí, le pondré un ejemplo con la piel, donde lo notamos muchísimo. La piel cambia notablemente su resistencia a la corriente eléctrica, dependiendo si está activada una parte del sistema nervioso llamada sistema nervioso simpático (que es un
sistema de alarma) o si está activado el sistema nervioso parasimpático (que es el de reposo).
Se puede observar perfectamente, midiendo la resistencia galvánica de la piel, cuando una persona entra en este espacio de silencio, de recogimiento.
El sistema nervioso parasimpático es el que nos ayuda a recuperarnos, el que mantiene el equilibrio en los tejidos y, en el fondo, el que nos ayuda a vivir más y mejor. Necesitamos también, obviamente, el sistema nervioso simpático, porque debemos ser capaces de captar y de evitar momentos de peligro. Pero nuestra forma de vivir produce una activación excesivamente prolongada e intensa del sistema nervioso simpático.

De hecho en su último libro nos habla de hasta qué punto nuestras proyecciones mentales alteran la percepción de la realidad. ¿Nuestro enemigo interior es el primer obstáculo que tenemos para alcanzar nuestras metas?
En mi experiencia, sin ninguna duda. Muchas emociones son generadas por una mente que, considerables veces, lo único que hace es generarnos ruido. Tenemos un pequeño incidente de tráfico por la mañana, sencillamente alguien no nos cedió el paso, por ejemplo, y esto nos altera el resto del día: lo pasamos enfadados y de mal humor.
Está muy bien pensar en el futuro para planificarse o para anticipar ciertas situaciones, pero muchas veces lo hacemos para preocuparnos.

Nuestra mente nos causa sufrimiento
Una cosa es el dolor, un persona que pierde a un ser querido es normal que experimente una profunda tristeza, y otra cosa es el sufrimiento.
El sufrimiento es lo que la mente añade generando un proceso de “rumiación” que intensifica la sensación dolorosa. El dolor es inevitable porque forma parte de nuestra condición humana, incluso los animales lo sienten, pero angustiarse con el futuro y lamentarse constantemente por lo que uno no hizo en el pasado, es muy característico del ser humano y está en el núcleo de
nuestro sufrimiento.

En muchas entrevistas y conferencias habla, de hecho, del miedo como la antítesis del amor.
¿El miedo es el mayor enemigo del hombre?
El mayor enemigo del hombre es la ignorancia que está en la raíz de ese miedo generado por la mente y que nos atenaza. Se suele pensar que el enemigo del amor es el odio y no es así, al menos desde mi perspectiva. El enemigo natural del amor es el miedo. Cuando una persona empieza a amarse a sí misma no quiere decir que le guste todo lo que ve en ella, sino que acoge y acepta
todo lo que hay en ella como parte de su ser.
Como cuando acoges a otra persona: no solamente te quedas con las cosas que te gustan de ella, también eres capaz de ver en ella capacidades, potencialidades que a lo mejor ni esa persona conoce. Para mí el amor no es un sentimiento (el sentimiento es el cariño), sino una elección a la que los griegos llamaban ágape. Cuando a ti mismo te tratas con amor, porque eliges tratarte
como alguien valioso, cuando haces lo mismo con los demás y cuando tratas a la naturaleza con amor, eligiendo tratarla como algo de una belleza excepcional, tu nivel de miedo se reduce.
Una persona que se entrena para amarse a sí misma y para amar a los demás reduce dos cosas: su nivel de miedo y su nivel de ira.

¿Podríamos decir que el amor es nuestro verdadero motor?
Sí. El amor no solo es nuestro motor verdadero, sino que es lo que nos permite ver más allá de las apariencias. Si yo me encuentro con una persona que no me es especialmente simpática no pretenderé sentir cariño por ella, pero sí puedo generar amor, en el sentido de tomar una decisión de tratarla como si la quisiera. Es muy curioso, porque la otra persona empezará a notar algo especial, algo que la desconcierta, no sabrá lo que es, me lo notará en la mirada, en el tono, en los gestos… habrá algo que la está invitando a replantearse la relación conmigo. Esto quiere decir que el amor empieza a cambiar la percepción que esa persona puede tener de mí misma, y esa misma persona empieza a cambiar su conducta hacia mí, con lo cual también empieza a cambiar la percepción que tengo yo sobre ella.

Se entiende el concepto, aunque en muchos casos no parece una actitud hacia los demás fácil de tomar
Lo que pasa es que esto es muy contra-intuitivo porque nos fiamos mucho de los sentimientos.
Creemos que los sentimientos son la consecuencia lógica de percibir la realidad tal como es, cuando muchos de ellos son puros condicionamientos mentales. Los sentimientos negativos hacia personas de otras culturas, otras formas de pensar, u otras ideas políticas surgen porque hemos sido condicionados por la sociedad a sentir así.

¿No cree que una frase como “el amor cura y la falta del mismo tiene capacidad de enfermar” puede llevarnos a una interpretación falsa de exigencia de optimismo que acabe culpabilizando al propio enfermo de su estado?
Es una reflexión francamente importante cuando hablamos de salud. Cuando se habla de que el amor cura tiene que verse siempre como una posibilidad, como una oportunidad, y no como una exigencia. Cuando una persona está rodeada por un entorno donde se siente apoyada, valorada o querida, normalmente tiene una capacidad de hacer frente a la enfermedad mayor.
Se ha visto que si una persona después de experimentar un infarto de miocardio se siente sola, no tiene nadie con quién compartir sus ilusiones y sus angustias o ni siquiera tiene un animal de compañía con quien pueda compartir un mundo emocional, la posibilidad de re-infartarse aumenta de forma muy manifiesta. No podemos negar esta realidad. Ahora, esto siempre ha de
ser visto como una propuesta. Si una persona tiene un familiar que ha sido ingresado de un infarto y sabe que el amor tiene esta capacidad, aunque no le apetezca ir al hospital, podría hacer el esfuerzo de ir a visitarle porque sabe la importancia que tiene esto. Pero tiene que verse como una oportunidad, no como algo para transmitir una sensación de que uno se merece lo que le
ha pasado.
Los sentimientos de culpa y los sentimientos de vergüenza van en contra del funcionamiento correcto del cuerpo. Todo aquello que genera una sensación de culpa o de vergüenza, va a hacer que la persona se sienta empequeñecida y desvalida muchas veces, por ejemplo, si tiene que hacer frente a una enfermedad. Cuando a alguien le dicen “si te hubieras cuidado más”, “si no hubieras fumado tanto”, “si no hubieras tomado tanto sol”, etc. en el fondo no están ayudando nada, porque junto a la dificultad que ya tiene ese ser humano a la hora de hacer frente a un desafío importante, encima puede empezar a sentir que se lo merece, que es culpable de lo que le pasa. Esto, desde el punto de vista de la psicología, es muy dañino.

Lo que está claro es que hay una búsqueda de la felicidad. ¿Cree que la secularización de la sociedad ha hecho florecer una especie de industria de la felicidad?
Tenemos que distinguir espiritualidad y religión.
La palabra religión viene del latín re-ligare, que quiere decir volver a unir. Desde el punto de vista etimológico, religión y espiritualidad serían lo mismo, porque la espiritualidad ayuda a una persona a estar en relación directa con lo sagrado.
Cuando una persona se conecta consigo misma, con los demás y con la naturaleza, está viviendo la espiritualidad. Lo que ocurre es que las religiones institucionalizadas, aunque nacieran de un núcleo profundamente espiritual (porque Cristo fue una persona profundamente espiritual, como también Buda o Lao Tse fueron personas muy espirituales), en algunos casos han generado
algo diferente. Hablo de una serie de reglas y de prácticas repetitivas que no siempre favorecen que se tenga una experiencia directa de lo sagrado e inefable. Y por eso es por lo que yo entiendo que hay mucha gente que dice: “esto no es así, tiene que haber otro camino”. No se tiene por qué pertenecer a una religión institucionalizada para tener una experiencia espiritual (aunque sí es posible naturalmente tener una vivencia madura de una religión institucionalizada y vivir la espiritualidad). Muchas personas, cansadas de reglas y de dogmatismo, han empezado a buscar en otros lugares algo que les acerca más a esa relación directa con lo trascendental, sin tener que seguir tantas reglas. Para mí la espiritualidad es perfectamente compatible con una religión institucionalizada siempre que ésta se viva de una forma profunda y auténtica. No me parece compatible si se está viviendo de una manera superficial y dogmática y con poco énfasis en el poder transformador del amor.